domingo, septiembre 17, 2006

pongamos que hablo de Madrid

Ese sentimiento de pertenencia que pueden sentir a veces las personas en ciertos lugares es uno de los mayores misterios que rodean la existencia del ser humano. Estás por primera vez en un lugar, y te enamoras. Auténtico amor a primera vista. Ese primer gran sorbo es totalmente revelador: descubres cualidades, virtudes virtuosas y defectos irreparables, pero a pesar de las contradicciones y resentimientos de esos lugares quieres seguir bebiendo de sus calles, de esas luces anaranjadas que eclipsaron mi tintura azul aquella primera vez, de cada uno de los rincones de su piel de asfalto.
Y vuelves a pisar sus calles una y otra vez, rescribiendo la misma espiral, y aparecen las implicaciones emocionales. Empiezas a reconocer calles, lugares, y no puedes evitar sonreír a medias. Del mismo modo ambiguo que sonríes al redescubrir los puntos débiles de un amante, cuando la experiencia ofrece soltura y nos enseña a arder.
Como decía la canción... pongamos que hablo de Madrid. Pongamos que hablo de sus calles, de sus afectos y defectos, y de los míos también. De todo lo que soy y lo que no soy al respirar su aliento urbano, al atreverme a lamer su piel sabiendo que me dejará un extraño sabor que no desaparece con facilidad. Que el dulce de otros lugares será incapaz de reemplazar.
Y pongamos que hablo de ausencias, de silencios cargados de sentido, de paradas de metro que van pasando ante mis ojos a gran velocidad. Haciéndome sentir de nuevo ese aliento gélido en la nuca que, le pese a quien le pese, sigo buscando y ansío sentir.
Los caminos son desconocidos, y los destinos caprichosos a más no poder. Las indolencias vencen el pulso, la noche es de huir, y echar de menos supone un elevado precio a pagar. Y de nuevo pongamos que hablo de Madrid, de sus calles y de los seres especiales que la habitan. Yo he llegado a ver incluso duendes...
Sé que algún día viviré en esa ciudad. Pronto o no tan pronto, mucho o poco tiempo. Tan sólo las causas y efectos de las acciones podrán opinar, y el tiempo será el único juez y testigo de lo que deba ocurrir.
Pero a veces, cuando me propongo algo... lo consigo.