jueves, agosto 10, 2006

nadie es imprescindible

- ¡Sigue corriendo! ¡No mires atrás!
Ella corría a su lado, con el rostro desencajado por el terror. No podía soportar el dolor de sus piernas... dolían, dolían mucho, y los pies querían desobedecerla. Él la arrastraba de la mano, y en ocasiones la perdía. Una fuerza parecía empujarla hacia atrás, pero él no dudaba en volver a sujetar su mano, para seguir corriendo sin mirar hacia atrás.
- ¡Maldita sea, no te pares! ¡Ahora no! Ya falta poco... ¡sigue!
Jadeaban. Su respiración se aceleraba aún más a cada paso que daban. Sus cuerpos empezaban a flaquear, sus corazones latían rápido suplicando un respiro, un descanso, deseando intensamente que todo aquello llegara pronto a su fin. Y huían, sin saber exactamente de qué. Llevaban horas huyendo, de la mano, con la mirada al frente. Al borde de la extenuación. Habían dejado demasiadas cosas atrás, porque les perseguían, y no había tiempo para nada. Era tiempo de correr, de escapar. De cerrar los ojos y no pensar en nada.
Y sus corazones seguían latiendo desesperadamente, recordándoles que de un momento a otro dejarían de servirles y les dejarían abandonados en mitad de aquel vasto desierto. A merced de sus perseguidores.
Sus pies acabaron por ceder. No podía soportarlo más. Ella cayó al suelo de rodillas, y se clavó piedras y sucios cristales en las piernas. Sangraba, los cristales se metían dentro de su piel, indolentes, atravesándola sin piedad. No quería llorar, pero las lágrimas acabaron por vencerla. Y el sol, desde lo más alto, también empezaba a consumirla.
Él se detuvo, buscando su mano, pero no la encontró. Seguía sin mirar hacia atrás, palpaba en el aire, sin decir una sola palabra. Pero ella lloraba en el suelo, muda, mientras su piel poco a poco empezaba a paliceder.
- No me dejes aquí...
Empezó a alejarse de ella, lentamente. Sentía que ya estaban cerca, y no podía dejar que le mataran. De repente dejó de oír su voz, ella había desaparecido de su mente. Y ellos no andaban lejos. Arrancó a correr, con todas sus fuerzas. Ni siquiera podía sentir los pasos de sus perseguidores. No tardarían en alcanzarla, y él sólo sabía que debía huir.
- ¿Por qué? ¿Por...? Aargh...
Se hizo el silencio. Ella dejó de gritar, y también dejó de existir. Pero a él parecía no importarle. Debía seguir corriendo, sin pararse, sin mirar hacia atrás. Nadie le era imprescindible.

martes, agosto 01, 2006

Y... sí...

No puedo, no debo, no debería, no podría... Esto es personal y lo considero una intromisión, yo no soy más que un grano de arena en un desierto, creador de ninjas desposeídos y capitanes intergalácticos... No es de razón, no es justo, no debo poder acceder a los códigos centrales de Zion... Además, traigo la mala suerte allá, o acá, donde voy. Soy el hombre negro de la vara y el sombrero, el que aparta las llamas de su camino a costa del sufrimiento de los demás. No te atrevas si quiera a mirarme la cara, o será lo último que veas. Es mi maldición eterna. Como Christopher Lambert en The Highlanders. O como cierto perro de cierto relato que aún no ha sido escrito. Yo... soy una lacra esquivable y por tanto desdeñable. Desdéñame y será lo mejor que hagas jamás............ Y tal..........