jueves, octubre 19, 2006

histo(e)rias de cine II

Otro de los atractivos de la ciudad de San Sebastián es su comida. Como buena ciudadana de pueblo de mar, adoro el pescado, y la ciudad ofrece cientos de lugares donde comer los mejores manjares del mar a precios asequibles... y no tan asequibles, pero que son la justificación de unos productos de mucha calidad.
Pero si algo hace que salir por San Sebastián sea delicioso... son sus pinchos. De tortilla, de jamón, de pimientos rellenos o de combinaciones increíbles de sabores únicos. Con una buena bebida, y en buena compañía, los pinchos de San Sebastián son, como poco, un auténtico tesoro.

Y los bares siempre están llenos. Y la gente es sociable, habla mucho, grita, se ríe, y te habla en euskera hasta que descubren que no entiendes nada de lo que te dicen. Pero estás allí, con tus pinchos y con el cine dentro de las venas... y te sientes bien. Muy bien.

Recuerdo aún el día 20 de septiembre. Nos convocaron el día antes del inicio del festival en el Kursaal (que, por cierto, no es demasiado bonito para ser la "cuna" del cine en la ciudad...) para hacernos entrega de nuestras acreditaciones, horarios, calendario de películas... nervios. Recuerdo muchos nervios. Los rencuentros con los amigos que íbamos a disfrutar del festival, la gente nueva que conocimos, la cantidad de sueños e ilusiones que empezaron a pasar por mi mente en esos momentos. En nuestro horario ponía que debíamos asistir de manera obligada a unas 23 películas, todas ellas incluídas dentro de la sección Oficial y de la sección Zabaltegi, la de nuevos directores. La alfombra roja ya cubría el suelo de la calle, la prensa colocaba sus cámaras y equipos para que todo saliera a la perfección, algún que otro actor ya se paseaba tranquilamente por las calles de la ciudad. Y yo no podía estar más nerviosa.

Pero el día grande estaba por llegar. Los días grandes: para aprovechar al máximo todo el festival tracé un ambicioso horario que me permitiera ver al día, como mínimo, una o dos películas más de las que estaba obligada a ver. Grandes estrenos, presentaciones y alguna que otra joya dentro de las retrospectivas de Lubitsch (su hija estaba en el festival, y vi alguna de las películas de su padre sentada a su lado) y de Barbet Schroeder, que fue uno de los copresentadores de la gala de inauguración.

Y al final las veintipocas películas que me obligaban a ver se convirtieron en las cuarenta y cuatro que acabé viendo. Saturación fílmica capaz de destrozar la mente a cualquiera, pero que se convirtió en el placer más dulce que recuerdo en mucho tiempo. En un momento estabas copiando a Beethoven, y al siguiente eras un miembro de una particular familia de Singapur. Podías convertirte también en un policía corrupto, o en una joven cajera del turno de noche que es retratada por un artista insomne.

Tantas aventuras y tantos recuerdos... que tan sólo me motivan para repetir el año que viene. Y repetiré, y el año que viene me espera otro festival al que no puedo faltar...

... porque el festival de Sitges 2007 va a estar dedicado a una de las películas de mi vida. A la película que ha dado nombre a mi fotolog, que me marcó desde que era un retaco, que me ha convertido en replicante en más de una ocasión: "Blade runner".

Reconozco que lo mío es grave. Me emociono un año antes... pero creo que ahora empiezo a sentir de verdad esas mariposas en el estómago al hablar de cine.

viernes, octubre 13, 2006

histo(e)rias de cine

Magia. Sueños. Cine. Una ciudad preciosa. Y sobretodo mucho que aprender y compartir.

Del 21 al 30 del pasado mes de septiembre tuvo lugar en San Sebastián el Festival Internacional de Cine de San Sebastián, uno de los más importantes a nivel mundial en cuanto a cine de calidad y a glamour se refiere. Entre los muchos premios que se entregan allí está el Premio Volkswagen de la Juventud: un grupo de 350 estudiantes de entre 17 y 21 años ejercen de jurado ante óperas primas y segundas obras de directores de todo el mundo, para entregarles uno de los premios que conforma todo el palmarés del festival. Aún recuerdo cuando a principios de julio me llamaron para decirme que me habían aceptado. Aún recuerdo mis carcajadas de ilusión, mis ganas de gritar, y toda esa ilusión que empezó a crecer dentro de mí.
Y llegó el día de partir hacia allí, de recorrer los cielos hacia una ciudad que se presentaba gentil ante mis ojos, y que me iba a acoger durante unos días como cuna de mis deseos.

Cuando llegamos a la ciudad empezamos a visitarla y a recorrer sus calles. Brillaba un sol espléndido, y encontramos algún día de lluvia, pero San Sebastián abrió ante nosotros sus alas para mostrarse en su máximo esplendor. Nuestra pensión estaba en el barrio viejo: bares de pinchos llenos de gente, la ebullición política inherente que habita esas calles, esos colores anaranjados que, como otras ciudades que adoro, también tiene esta ciudad.



Y las calles me recordaban a muchas cosas y a la vez a nada. A la vez a todo aquello que esperaba ver, y a esas cosas que nuestra memoria proyecta en los lugares más insospechados que podemos llegar a recorrer.

Seguiré hablando de cine, de más experiencias, de esas grandes películas que he visto y de todo lo que me transmitieron. Y de esa ciudad, San Sebastián... como telón de fondo sin excepción.

Esta crónica lleva unos días empezada, pero el tiempo ahora no me sobra, precisamente. Comienzo del nuevo curso, trabajos sobre cine, prácticas, miles de cosas que hacer, una conexión a internet pésima y varios proyectos literarios que tengo entre manos. Me disculpo ante todos vosotros... y espero que nos veamos pronto por aquí.

domingo, septiembre 17, 2006

pongamos que hablo de Madrid

Ese sentimiento de pertenencia que pueden sentir a veces las personas en ciertos lugares es uno de los mayores misterios que rodean la existencia del ser humano. Estás por primera vez en un lugar, y te enamoras. Auténtico amor a primera vista. Ese primer gran sorbo es totalmente revelador: descubres cualidades, virtudes virtuosas y defectos irreparables, pero a pesar de las contradicciones y resentimientos de esos lugares quieres seguir bebiendo de sus calles, de esas luces anaranjadas que eclipsaron mi tintura azul aquella primera vez, de cada uno de los rincones de su piel de asfalto.
Y vuelves a pisar sus calles una y otra vez, rescribiendo la misma espiral, y aparecen las implicaciones emocionales. Empiezas a reconocer calles, lugares, y no puedes evitar sonreír a medias. Del mismo modo ambiguo que sonríes al redescubrir los puntos débiles de un amante, cuando la experiencia ofrece soltura y nos enseña a arder.
Como decía la canción... pongamos que hablo de Madrid. Pongamos que hablo de sus calles, de sus afectos y defectos, y de los míos también. De todo lo que soy y lo que no soy al respirar su aliento urbano, al atreverme a lamer su piel sabiendo que me dejará un extraño sabor que no desaparece con facilidad. Que el dulce de otros lugares será incapaz de reemplazar.
Y pongamos que hablo de ausencias, de silencios cargados de sentido, de paradas de metro que van pasando ante mis ojos a gran velocidad. Haciéndome sentir de nuevo ese aliento gélido en la nuca que, le pese a quien le pese, sigo buscando y ansío sentir.
Los caminos son desconocidos, y los destinos caprichosos a más no poder. Las indolencias vencen el pulso, la noche es de huir, y echar de menos supone un elevado precio a pagar. Y de nuevo pongamos que hablo de Madrid, de sus calles y de los seres especiales que la habitan. Yo he llegado a ver incluso duendes...
Sé que algún día viviré en esa ciudad. Pronto o no tan pronto, mucho o poco tiempo. Tan sólo las causas y efectos de las acciones podrán opinar, y el tiempo será el único juez y testigo de lo que deba ocurrir.
Pero a veces, cuando me propongo algo... lo consigo.

jueves, agosto 10, 2006

nadie es imprescindible

- ¡Sigue corriendo! ¡No mires atrás!
Ella corría a su lado, con el rostro desencajado por el terror. No podía soportar el dolor de sus piernas... dolían, dolían mucho, y los pies querían desobedecerla. Él la arrastraba de la mano, y en ocasiones la perdía. Una fuerza parecía empujarla hacia atrás, pero él no dudaba en volver a sujetar su mano, para seguir corriendo sin mirar hacia atrás.
- ¡Maldita sea, no te pares! ¡Ahora no! Ya falta poco... ¡sigue!
Jadeaban. Su respiración se aceleraba aún más a cada paso que daban. Sus cuerpos empezaban a flaquear, sus corazones latían rápido suplicando un respiro, un descanso, deseando intensamente que todo aquello llegara pronto a su fin. Y huían, sin saber exactamente de qué. Llevaban horas huyendo, de la mano, con la mirada al frente. Al borde de la extenuación. Habían dejado demasiadas cosas atrás, porque les perseguían, y no había tiempo para nada. Era tiempo de correr, de escapar. De cerrar los ojos y no pensar en nada.
Y sus corazones seguían latiendo desesperadamente, recordándoles que de un momento a otro dejarían de servirles y les dejarían abandonados en mitad de aquel vasto desierto. A merced de sus perseguidores.
Sus pies acabaron por ceder. No podía soportarlo más. Ella cayó al suelo de rodillas, y se clavó piedras y sucios cristales en las piernas. Sangraba, los cristales se metían dentro de su piel, indolentes, atravesándola sin piedad. No quería llorar, pero las lágrimas acabaron por vencerla. Y el sol, desde lo más alto, también empezaba a consumirla.
Él se detuvo, buscando su mano, pero no la encontró. Seguía sin mirar hacia atrás, palpaba en el aire, sin decir una sola palabra. Pero ella lloraba en el suelo, muda, mientras su piel poco a poco empezaba a paliceder.
- No me dejes aquí...
Empezó a alejarse de ella, lentamente. Sentía que ya estaban cerca, y no podía dejar que le mataran. De repente dejó de oír su voz, ella había desaparecido de su mente. Y ellos no andaban lejos. Arrancó a correr, con todas sus fuerzas. Ni siquiera podía sentir los pasos de sus perseguidores. No tardarían en alcanzarla, y él sólo sabía que debía huir.
- ¿Por qué? ¿Por...? Aargh...
Se hizo el silencio. Ella dejó de gritar, y también dejó de existir. Pero a él parecía no importarle. Debía seguir corriendo, sin pararse, sin mirar hacia atrás. Nadie le era imprescindible.

martes, agosto 01, 2006

Y... sí...

No puedo, no debo, no debería, no podría... Esto es personal y lo considero una intromisión, yo no soy más que un grano de arena en un desierto, creador de ninjas desposeídos y capitanes intergalácticos... No es de razón, no es justo, no debo poder acceder a los códigos centrales de Zion... Además, traigo la mala suerte allá, o acá, donde voy. Soy el hombre negro de la vara y el sombrero, el que aparta las llamas de su camino a costa del sufrimiento de los demás. No te atrevas si quiera a mirarme la cara, o será lo último que veas. Es mi maldición eterna. Como Christopher Lambert en The Highlanders. O como cierto perro de cierto relato que aún no ha sido escrito. Yo... soy una lacra esquivable y por tanto desdeñable. Desdéñame y será lo mejor que hagas jamás............ Y tal..........

domingo, julio 02, 2006

inconciencias

- Me noto mareada. Noto como un extraño cosquilleo en el estómago. ¿Crees que debería preocuparme?

- No lo sé... ¿qué crees que puede ser?

- Creo que se trata de las vueltas que da la vida. Están causando estragos en mi interior. Vendavales, tempestades... mis navíos están en medio de una auténtica naumaquia.

- Puede ser. La conciencia del cambio es positiva para el ser humano. Lo ideal es estar en movimiento, no detenerse, y llevar siempre como equipaje momentos y recuerdos.

- ¿Aunque sean azules, como lágrimas en la lluvia, y se claven como agujas de coser?

- Hasta el fondo, una y otra vez. Ya lo cantaba Nacho Vegas.

- A mí hay recuerdos que me siguen haciendo cosquillas.

- ¿Y cómo te sientes?

- No lo sé. Muchas veces odio sentir lo que siento, odio tener reacciones estúpidas ante situaciones que me son ajenas... a pesar de ser reflejos difusos y oasis borrosos de un pasado que ahora ya parece cubierto de polvo.

- ¿Por qué?

- Creo que voy a dejar el plumero... ¿debería?

- ¿Te sientes especial?

- A veces sí, pero ya no tengo a nadie que me lo recuerde. Y no paro de ver personas especiales en este mundo, y no puedo evitar sentirme absurda y vulgar. No, ya no me siento especial. Incluso mis disparos más certeros se pierden en el aire...

- Tienes que ser fuerte y empezar a asumir ciertas cosas. Cosas que ya deberías haber asumido. Tienes fecha de caducidad.

- Lo sé, mi carne cada día es más pálida.

- ¿Ya has caducado?

- No me veo bien la espalda desde el espejo. El tiempo, las palabras y ciertas certezas parecen confirmar mis sospechas. Quizá Houellebecq y yo, en el fondo, hablemos del mismo terror.

- ¿A qué le tienes miedo?

- No es miedo, es conciencia de pérdida en muchos niveles. Interior, exterior, cutánea y anímica. Como cuando vas en primer lugar en una carrera y cuando menos te lo esperas te adelantan y alguien se cuelga las medallas que tú... mereces. O como mínimo crees merecer y esperas que no se pierdan en el tiempo.

- ¿De nuevo como lágrimas en la lluvia?

- Por supuesto, sigo teniendo alma de replicante.

- ¿Tu luz se extingue?

- Creo que ya brillé demasiado en algunos contextos, y la máxima culminación de algunos momentos ya llegó, muy a mi pesar. Toda luz está condenada a extinguirse y a fundirse, y a acabar convertida en un cuadro más en la galería de ciertas memorias.

- Le temes al tiempo.

- Ya ha hecho de las suyas. Una de mis más fervientes creencias era que ciertos huecos del cuerpo y del alma nunca pueden volverse a llenar. Los surcos y las huellas de algunas personas quedan. Por un maldito error en mis convicciones he descubierto que he perdido ciertas habilidades. Y encanto, todo sea dicho. Mis disparos ya no duelen, han dejado de ser balas huecas.

- Seguro que te has enfrentado a enemigos interiores mucho más poderosos. Recuerda su cosmética y construye una defensa adecuada.

- Siempre he perdido.

- No habrás luchado con suficiente ahínco.

- Hay cosas que no quiero perder.

- ¿Y lo que puedes ganar?

- La culpa la tiene mi complejo de garrapata. Me aferro demasiado a algunos clavos ardiendo que quizá debería empezar a olvidar.

- A nadie le gusta quemarse, pero una vez que te enciendes debes aprender a arder hasta apagarte.

- Sigues parafraseando a Nacho Vegas.

- Y lo seguiré haciendo por los siglos de los siglos...

- ... amén.

- A lo mejor ya has encontrado lo que buscas y no te da la gana de verlo. ¿Te has limpiado las gafas últimamente?

- Suelo limpiarme las gafas con mis trapos sucios. Así todo sigue siempre borroso y es más fácil de soportar.

- A pesar de la dichosa levedad del ser de la que hablaba Kundera. Levedad que puede convertirse en lastre. ¿Crees en las casualidades?

- Creo en los momentos, como Cartier-Bresson. Instantes decisivos que pueden marcarnos para siempre y convertirnos en lo que somos o dejamos de ser. Huellas en la piel, cuadros en la memoria, retales de olvido o simples sacas de polvo y huesos. Las casualidades puede que existan en un plano paralelo, y de vez en cuando emergen en nuestras vidas. No sé... ¿qué opinas tú de la causa-efecto?

- Opino lo mismo que tú. Cambiemos de tema.

- Laisser faire...

- Me conmueves. ¿Por qué no me cuentas un cuento?

- Si te cuento alguno de mis cuentos acabarás en un estado notable de aburrimiento. Hablamos de ti. No te desvíes del tema. ¿Sigues sintiéndote extraña? ¿Mareada?

- La vida sigue dando vueltas. Quizá no a gran velocidad, pero sí a una velocidad importante. Y no puedo evitar sentir miedo.

- ¿Miedo? ¿Qué es lo que ocurre?

- Creo que ya lo hemos hablado...

- De acuerdo, dejémoslo hoy aquí. Otra noche hablaremos más. Por cierto, mientras charlábamos te he limpiado el rifle...

- Gracias.

- Afina tus disparos... y ya sabes qué tienes que hacer.


Apagaron sus cigarrillos y se levantaron de aquellos incómodos taburetes. Cada una de ellas salió por un lado diferente y las luces se fundieron tras ellas.

El público estalló en aplausos. Volvían a cumplirse los preceptos de Stanislavsky.

martes, junio 27, 2006

Akuma


Akuma... Allá donde los reinos caen bajo los cascos de los caballos, tiñe su katana con la sangre de sus enemigos, violenta niñas y mujeres... Allá donde el sol naciente muere de pena ante su estampa, él hace de la crueldad su bandera y de la masacre sin sentido su única forma de vida... Akuma el Aniquilador...
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Ésta es una pequeña colaboración del gran Gonkun, el mago gréyak con alma de ninja. Desde aquí... gracias por el texto y por la imagen.